Conferencia
dictada por Jose Antonio de Aguirre (Primer Presidente de Euskadi)
Centro
Vasco 7 de Marzo de 1950
En
Tierras sujetas a la violencia, conocí el alma de América. Errante
y solo, sentí la angustia del que todo le falta. Seis meses y medio
estuve en países dominados por el nazismo, de los cuales cuatro y
medio en Berlín, y en estas horas de incertidumbre, de ansiedad y de
angustia, pedí a las almas de América que me instruyeran.
Llevo en mi corazón no sólo la gratitud y la admiración para el
hombre que plasmó la más grande empresa de Libertad, sino también
una gratitud particular, exclusiva, para los hombres de América y de
Venezuela que en ese tiempo de inseguridad y de zozobra que he
apuntado me ayudaron a salvar lo que más quiero: a mi esposa y a mis
hijos. Gracias a un diplomático venezolano y gracias a las
autoridades venezolanas, mi esposa, con mis hijos, pudo salir de
Europa como la señora viuda de Guerra, natural de la ciudad de
Mérida, la andina ciudad de Venezuela.
No
es éste el tema de mi conferencia. Quiero apuntar únicamente que
dentro del alma de todo vasco existe para Bolívar un fondo de
profunda admiración, respeto y afecto. Como Libertador de pueblos,
como fundador de doctrinas magníficas que alumbrarán un día en
todo su esplendor, porque todavía la doctrina de Bolívar no ha dado
todo su rendimiento. Yo os hablo con esta emoción, como vasco, hacia
aquel que, sabiendo libertar pueblos, tuvo pensamientos que están
inscritos en siglos de historia nuestra.
Bolívar.
Su época, la del enciclopedismo, la del liberalismo en la conciencia
y en las leyes públicas, la.de la
emancipación de los pueblos sojuzgados. Su empresa, librar media
América del yugo español, reconstituyendo pueblos libres y
prósperos.
Empresa
digna de quien llevaba sangre vasca en sus venas, continuación de
una historia de universalidad vasca.
Decir
que Bolívar, además de Libertador de América, fue defensor de la
fe de aquellos naturales, podrá parecer a algunos un contrasentido.
A
este propósito, un recuerdo que además de su actualidad tiene la
fuerza de la prueba.
Corrían
los años del levantamiento independentista americano contra la
opresión española. Como en tales casos acontece, el poder dominador
aprovecha toda clase de recursos y personas para su fin de
avasallaje. Entre otros eran aprovechados los eclesiásticos que,
lejos de ser evangelizadores de una doctrina que es de todos,
eran propagandistas celosos del poderío español.
Bolívar
se dirige a Pío VII, y,
en forma personal en veces, otras por medio de embajadas, le ruega
con todo el calor de un gobernante libertador, que el clero español
y españolizante de Venezuela fuera sustituido por clero indígena,
mejor conocedor del pueblo y más querido de él; que los obispados
fueran ocupados por americanos y, que en todo caso, provistos desde
Roma y no desde Madrid, como acontecía en virtud del regio
patronato.
Pío
VII comprende
rápido la magnitud del hecho expuesto por Bolívar y cruza con él
interesantísima, cordial y copiosa correspondencia, recibe algunos
de sus enviados y se dispone a adoptar medidas en consecuencia. Pero
la dominación, que no entiende el alto lenguaje de amor que comienza
a relacionar al Libertador de media América con el Padre de todos
los fieles, amenaza con romper con Roma, mueve las Cancillerías
europeas, maneja la intriga, sin importarle que con ello ponga en
peligro inminente la fe de las nacientes repúblicas suramericanas.
Bolívar, para aquellos "magnánimos defensores de la fe",
es masón, hereje y enemigo de la religión...
Sin
embargo, Pío VII da
la razón a Bolívar, salta por encima de cuantos obstáculos se
le oponen y el sacerdocio elegido desde Roma comienza a penetrar en
el pueblo, al que por ser el suyo quiere y comprende.
Es
la eterna lucha entre el poder despótico y la razón y el derecho,
sin que importe a su ceguera que de su actitud inicua pierdan la
fe pueblos enteros... El caso se ha repetido en muchos pueblos, sin
que pueda exceptuarse a Euzkadi.
Compilacion, Edicion, y Publicacion
Xabier Iñaki Amezaga Iribarren

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