miércoles, 1 de abril de 2020




Conferencia dictada por Jose Antonio de Aguirre (Primer Presidente de Euskadi)
Centro Vasco 7 de Marzo de 1950

En Tierras sujetas a la violencia, conocí el alma de América. Errante y solo, sentí la angustia del que todo le falta. Seis meses y medio estuve en países dominados por el nazismo, de los cuales cuatro y medio en Berlín, y en estas horas de incertidumbre, de ansiedad y de angustia, pedí a las almas de Amé­rica que me instruyeran. Llevo en mi corazón no sólo la gratitud y la admiración para el hombre que plasmó la más grande empresa de Libertad, sino también una gratitud particular, exclusiva, para los hombres de América y de Venezuela que en ese tiempo de inseguridad y de zozobra que he apuntado me ayudaron a salvar lo que más quiero: a mi esposa y a mis hijos. Gracias a un diplomático venezolano y gracias a las autoridades venezolanas, mi esposa, con mis hijos, pudo salir de Europa como la señora viuda de Guerra, natural de la ciudad de Mérida, la andina ciudad de Venezuela.

No es éste el tema de mi conferencia. Quiero apuntar únicamente que dentro del alma de todo vasco existe para Bolívar un fondo de profunda admiración, respeto y afecto. Como Libertador de pueblos, como fundador de doctrinas magníficas que alumbrarán un día en todo su esplendor, porque todavía la doctrina de Bolívar no ha dado todo su rendimiento. Yo os hablo con esta emoción, como vasco, hacia aquel que, sabiendo libertar pueblos, tuvo pensamientos que están inscritos en siglos de historia nuestra.

Bolívar. Su época, la del enciclopedismo, la del liberalismo en la conciencia y en las leyes públi­cas, la.de la emancipación de los pueblos sojuzgados. Su empresa, librar media América del yugo español, reconstituyendo pueblos libres y prósperos.

Empresa digna de quien llevaba sangre vasca en sus venas, continuación de una historia de uni­versalidad vasca.

Decir que Bolívar, además de Libertador de América, fue defensor de la fe de aquellos naturales, podrá parecer a algunos un contrasentido.

A este propósito, un recuerdo que además de su actualidad tiene la fuerza de la prueba.
Corrían los años del levantamiento independentista americano contra la opresión española. Como en tales casos acontece, el poder dominador aprovecha toda clase de recursos y personas para su fin de avasallaje. Entre otros eran aprovechados los eclesiásticos que, lejos de ser evangelizadores de una doc­trina que es de todos, eran propagandistas celosos del poderío español.

Bolívar se dirige a Pío VII, y, en forma personal en veces, otras por medio de embajadas, le ruega con todo el calor de un gobernante libertador, que el clero español y españolizante de Venezuela fuera sustituido por clero indígena, mejor conocedor del pueblo y más querido de él; que los obispados fueran ocupados por americanos y, que en todo caso, provistos desde Roma y no desde Madrid, como acontecía en virtud del regio patronato.

Pío VII comprende rápido la magnitud del hecho expuesto por Bolívar y cruza con él interesantísima, cordial y copiosa correspondencia, recibe algunos de sus enviados y se dispone a adoptar medidas en consecuencia. Pero la dominación, que no entiende el alto lenguaje de amor que comienza a relacionar al Libertador de media América con el Padre de todos los fieles, amenaza con romper con Roma, mueve las Cancillerías europeas, maneja la intriga, sin importarle que con ello ponga en peligro inminente la fe de las nacientes repúblicas suramericanas. Bolívar, para aquellos "magnánimos defensores de la fe", es masón, hereje y enemigo de la religión...

Sin embargo, Pío VII da la razón a Bolívar, salta por encima de cuantos obs­táculos se le oponen y el sacerdocio elegido desde Roma comienza a penetrar en el pueblo, al que por ser el suyo quiere y comprende.

Es la eterna lucha entre el poder despótico y la razón y el derecho, sin que im­porte a su ceguera que de su actitud inicua pierdan la fe pueblos enteros... El caso se ha repetido en muchos pueblos, sin que pueda exceptuarse a Euzkadi.



Compilacion, Edicion, y Publicacion
Xabier Iñaki Amezaga Iribarren

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